¿Alguien se ha parado a contar cuántos gatos viven en la calle en España? El Ministerio de Derechos Sociales lo hizo en su último informe y la cifra superó los 124.000. Pero ese número, con ser llamativo, no cuenta toda la historia. La Fundación Affinity calculó que cerca del 15 % de los felinos que ingresan cada año en los refugios españoles son cachorros nacidos en colonias que nadie gestiona, crías de pocas semanas que saturan unas instalaciones donde ya no cabe ni un transportín más.
La tentación inmediata es recoger a esos gatos y meterlos en jaulas. Parece lo más sensato. Y sin embargo, décadas de experiencia en países como Estados Unidos, Reino Unido y Australia demuestran que esa estrategia no funciona. Lo que sí funciona es justo lo contrario: dejar a los gatos donde están, pero esterilizarlos para que no se reproduzcan, un protocolo que se conoce como método CES, siglas de capturar, esterilizar y soltar, y que la Ley de Bienestar Animal del 28 de marzo de 2023 reconoció por primera vez en la legislación estatal española.
¿Cómo opera una colonia controlada? Un grupo de voluntarios con autorización del ayuntamiento acude a diario al punto donde viven los gatos para dejar comida y agua, comprobar el estado de cada animal y actualizar un censo que recoge cuántos hay, cuáles están esterilizados y si alguno presenta síntomas de enfermedad. Las comunidades autónomas regulan desde los requisitos para la autorización municipal hasta las condiciones higiénicas de los puntos de alimentación, y cada colonia queda inscrita en un registro accesible para los servicios veterinarios.
Retirar los gatos de la calle no solo no reduce su población sino que la rejuvenece, según estudios de la Universidad de Florida y del Royal Veterinary College de Londres
¿Por qué fracasan las recogidas masivas? Porque en ecología existe un fenómeno llamado efecto vacío. Cada vez que se eliminan los gatos de una zona, el territorio queda libre y en semanas lo ocupan otros felinos que llegan desde calles cercanas atraídos por los mismos contenedores de basura y los mismos huecos entre muros. Investigadores de la Universidad de Florida publicaron datos que van más allá: los gatos que rellenan el hueco suelen ser más jóvenes y fértiles, con lo cual la población no solo no baja sino que se reproduce más rápido.
Con la esterilización ocurre lo contrario. Los gatos que ya viven en la zona defienden su territorio, pero sin reproducirse. La colonia se va reduciendo conforme cada individuo completa su ciclo vital sin dejar crías. Protectoras de municipios del cinturón de Barcelona y de comarcas de Valencia donde el método CES lleva más de tres años confirman que la entrada de cachorros callejeros ha caído entre un 50 % y un 70 %.
El impacto en la convivencia vecinal resulta igual de medible. En Sevilla, Zaragoza y Alicante las quejas por peleas nocturnas entre machos sin castrar, que cada primavera colapsaban los registros municipales, bajaron drásticamente tras el primer año de esterilización. Los marcajes con orina en portales y fachadas prácticamente desaparecieron. Y un dato que rara vez se menciona: los gatos mantienen a raya las poblaciones de ratas y cucarachas de su zona, un control de plagas gratuito que ningún ayuntamiento podría replicar con contratas de fumigación.
Todo gato que pasa por el protocolo CES recibe una marca visible: un pequeño corte en la punta de la oreja izquierda. Es una señal estandarizada a nivel mundial que cualquier vecino puede identificar sin atrapar al animal. Esa muesca evita capturas innecesarias y permite saber de un vistazo si los gatos de un solar están dentro de un programa de gestión o campan sin control.
¿Y de dónde sale el dinero para esterilizar a tantos gatos? Las arcas municipales asumen el grueso de las cirugías, pero no todo. Las protectoras complementan con donaciones de socios y campañas de microfinanciación que organizan cada primavera antes de la temporada alta de nacimientos. En Granada, Murcia y Valladolid, los ayuntamientos han firmado convenios con facultades de veterinaria que rebajan cada operación a menos de 40 euros: los estudiantes de último curso operan bajo supervisión de sus profesores y salen con una experiencia clínica que difícilmente conseguirían de otra forma.